Somos esa estrella fugaz que Dios ve. Sus oídos, captores del silencio, acurrucan su "deseo" que baila libre en su amplia mente: el universo. No hay ni un ápice de inquietud en sus gestos mientras esto ocurre, liviano en sus formas lo observo y si no fuera porque las sombras de sus ojos estallan luz furtiva, no tendría mayor certeza que mis especulaciones. No me contará nada al oído secretamente, porque esta vez teme que su deseo no se haga realidad. Sin embargo yo sé. El siempre ha querido que sea feliz. Pero como bien sabemos ambos, depende de mí. El no bajará hacerme el milagrito.

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